PROFESIONAL

Cuento corto para el taller de Literautas número 20: “Contar una historia de miedo”. Bueno, este fue el resultado y es el tipo de miedo que a mí me da miedo. Nada como la perversión de la realidad misma.

Vos estabas parado ahí, y como siempre, dejaste que sucediera.
Dejaste que la señora pasara corriendo al lado tuyo y viste que el colectivo no frenaría a tiempo.
¿Por qué no la detuviste?
—Por la sangre —te respondés solo, pasándote la lengua por los dientes.
Después de años y tanto dinero gastado, el psicólogo nunca pudo sacarte esa fijación, ¿no? Mamá nunca supo que estaba tirando la plata. Nunca te atreviste a decírselo. Tus respuestas siempre eran: “sí, voy mejorando, má, todo va a estar bien”.
Pero nunca tuviste chances, ¿verdad?
Lo único bueno, no desde tu punto de vista, al menos, es que el psicólogo lograra que dejaras de conseguirla por tu cuenta. Ya no más salidas en medio de la madrugada, fingiendo emergencias, para hacer eso que te gustaba hacer. Ya no más indiscreciones en el trabajo.
Ahora solo mirás.
Como ahora.
Que dejaste que la mujer corriera derecho hacia su muerte, una muerte metálica, amarilla.
Apretaste los puños y ¡wow! Un impacto, una apasionante lluvia roja.
Ahora tenés que reaccionar, tenés que empezar a moverte, porque queda raro que te quedés ahí quieto, sin hacer nada, mirando la sangre que corre por la calle con una sonrisa en la cara. La gente no puede descubrir que eso te produce regocijo.
No después de tantos años y tanto dinero invertido…
Sin prestar atención a los gritos que se formaron a tu alrededor, te acercás a la mujer accidentada y te arrodillás a su lado, le llevás una mano a la garganta y le controlás el pulso. Por un lado te excitás al comprobar que no respira y por el otro te preguntás dónde está el chofer que la chocó. Mirás en todas direcciones y no ves más que gente acumulada en torno a la escena; algunos en los cordones, en puntitas de pies, como si un portón invisible les impidiera dar otro paso. Otros menos inhibidos sacan sus teléfonos y sus cámaras y empiezan a filmarte.
Mirás el parabrisas del colectivo, salpicado de manchas rojas, la patente abollada con trozos de tela desgarrada. En su interior ya no queda absolutamente nadie.
Escuchás que alguien dice que el colectivero se fue corriendo, que estaba libre bajo palabra.
Alguien se te acerca por atrás y te pregunta cosas. Vos asentís a todas esas cosas, sin sacar tu mano caliente, perfectamente estable, del cuello tibio y muerto de la mujer. No te animás a levantarte porque tenés una erección enorme. Y el mundo no puede verte así, no ahí. Porque sabrían lo que pasa por tu mente. Y no podés dejar que eso se sepa. No después de todo lo que tu mamá gastó para hacerte normal…
Retirás la mano del cuerpo y sacás el teléfono del bolsillo del pantalón.
Llamás al hospital mientras te aflojás un poco la corbata:
—Sí, doctor, enseguida —te responden, después de pasarles la dirección del accidente.

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